EL DELGADO UMBRAL ENTRE LA HISTORIA Y LOS MITOS

En las selvas amazónicas de las fronteras entre el Ecuador y el Perú, tiene su territorio la cultura de los Shuar, a quienes los conocemos bajo el nombre que les dieron los colonizadores españoles del siglo XVI: los “Xíbaros”, lo cual perece significar la bestialidad humana más profunda. La disminución de cabezas arrancadas a sus enemigos, la terrible “tzantza”.

Image Hosted by ImageShack.us

Los Jíbaros, «Shuar», pueblo de la Amazonia ecuatoriano'peruana, han logrado mantener su independencia política y cultural desde tiempos precolombinos

Desde tiempos prehispánicos, se tenían noticias de que los Shuar habían resistido los intentos de sojuzgamiento por parte de los Incas. Se tiene registrada una historia que data de 1490, en la que las avanzadas andinas fueron derrotadas por este indómito pueblo de la selva. Decenios después, en el año de 1549, toca a los colonizadores españoles el ser vencidos por los Shuar, quienes además realizan una incursión a los puestos avanzados hispánicos, y dejando tras de sí cadáveres enemigos, mientras tomaban como prisioneros a niños y mujeres españoles, de quienes nunca se volvió a tener noticia.

Cincuenta años más tarde, en 1599, los Shuar expulsan a las huestes y avanzadillas ibéricas de toda la región del alto Amazonas ecuatoriano. Desde entonces y hasta inicios de la década de 1960 (es decir, 360 años más tarde) los Shuar, conocidos también como pueblo “Aguaruna”, vivieron en el aislamiento completo.

Una de las costumbres de los Shuar que originaron y siguen originando sensaciones inquietantes, es la tzantza, la reducción de cráneos humanos, y que les ha valido la etiqueta siniestra de ser unos cazadores de cabezas que representan la barbarie, el estado casi animal que puede alcanzar cierto pueblo. Comprender la mentalidad de los llamados Jíbaros (no todas sus tribus realizan la “Tzantza”) es ir contra esos prejuicios hacia los Otros y, también, comprender las maneras contrastantes en las que los seres humanos producimos cultura.

Image Hosted by ImageShack.us

La cultura de los Shuar no establece una separación tajante entre estas tres esferas::

(1) El Mundo de los hombres y las mujeres
(2) El Mundo de los animales y las plantas
(3) El Mundo de los demonios, fantasmas y espíritus

Todos estos planos, además, adquieren “realidad” no sólo a través de las creencias y los cinco sentidos, sino también por la mediación de los sueños. Para los Jíbaros, en los sueños nos comunicamos y entramos en tratos con las almas de cada ser que vive en cualquiera de los tres mundos. Los animales y plantas tienen “alma” similar a la humana, y es por eso que, al igual que los seres espirituales, nos hablan en los sueños y en la vigilia.

En la mentalidad Shuar, no hay una frontera entre lo “carnal” y lo “imaginado”, lo “creído” y lo “soñado”. Hay, por el contrario, un tenue, un finísimo umbral entre la realidad de los sentidos y la realidad de lo onírico y de lo espiritual.

Así, para los Shuar los tres Mundos de la existencia se encuentran conectados, sin importar las distancias, por ejemplo, entre el alma de un pájaro que se debate en las garras de cierto depredador, y las agonías de un hombre de la tribu: toda la existencia (humanidad, flora, fauna, espíritus) tiene una naturaleza totémica; a diferencia de otras culturas, los Shuar piensan que cada ser humano, cada planta y animal, cada creencia y sueño, están revestidas de ese carácter totémico, es decir, sagrado y terrenal al mismo tiempo.

Image Hosted by ImageShack.us

En la visión chamánica, son vaporosos los umbrales entre sueños, imaginación, realidad tangible, el Más Allá

En esta mentalidad Shuar, la idea y la costumbre de la venganza violenta son algo aprendido desde hace generaciones y desde la crianza de los vástagos. Así, un cazador yerra el blanco de su presa, porque alguien está cobrándole venganza, ya sea en sueños, ya sea el “alma” de un animal que pretende hacerle daño al fallido depredador jíbaro. Un marido golpea a la una de sus esposas (entre los Shuar la poligamia es una institución firmemente establecida), pero poco tiempo después, la mujer agredida se cobra su “vendetta” asesinándolo. Para este pueblo, ninguna cuenta deja de cobrarse: es más, la venganza debe ejercerse como imperativo categórico.

¿Cómo pueden los Jíbaros precaverse de la “vendetta” de los enemigos muertos, quienes se manifestarán a través de pesadillas, de inocular a un ser vivo con sentimientos de aversión total hacia su ejecutor?

La precaución es, precisamente, la “tzantza”: la decapitación y la reducción de cráneos humanos

Image Hosted by ImageShack.us
Cabezas humanas reducidas después del ritual - proceso de la «tzanzta». Para los Shuar, el «alma» del decapitado queda atrapada para siempre en estas cabezas, con lo que se protege, por todas las eternidades, de la venganza de los decapitados

Una cabeza cortada, y luego reducida de tamaño, permite que el alma del difunto (“muisiak”) no escape y por lo tanto no pueda vengarse. Para los Shuar, como para muchas culturas modernas y antiguas, el centro de la humanidad, del “alma” humana, se encuentra en la cabeza. Y una de las características de esa “alma” son los impulsos para ejercer venganzas, desquites, ajustes de cuentas, y por eso se busca encerrarlos para siempre al cortar, reducir y coser las cabezas.

Una de las anécdotas más célebres sobre los Jíbaros data apenas de los años sesentas, cuando unas de tantas misiones evangelizadoras les plantearon a los Shuar que el cristianismo preconiza el perdón a las ofensas, creencia que originó en ellos una total incredulidad, burlas y desconcierto, pues no conciben que nadie pueda vivir “en paz” sin ejercer vendettas.

Menciono en el párrafo anterior el verbo “vivir”, a sabiendas de que para los Shuar se sigue viviendo aun después de fallecido el cuerpo, la carnalidad de la existencia. Para ellos, hay una interconexión tan poderosa entre todos los entes (incluidos los “espirituales) que cuando alguien muere, el “alma” de sus pulmones se reencarna en una mariposa, el “alma” de su corazón se transporta a la de un pájaro, y su el “alma” de su sombra va a incorporarse en un árbol.

Para el pueblo Shuar, todo, es decir la muerte, las sombras, las venganzas y sueños incluidos, absolutamente todo, tiene rasgos totémicos.

Image Hosted by ImageShack.us


Si la milenaria constumbre y ritual de la “tzantza” nos sigue inquietando (¿a quién diablos le es agradable, aunque sea ya cadáver, que le cercenen la cabeza y luego sea sometida al “sacrilegio” de convertirla en un horrendo y minúsculo adefesio?), esa cosmovisión Shuar al mismo tiempo totémica y de una profunda integración entre los mundos naturales y humanos, les permite oponerse a la destrucción de su hábitat selvático en la alta Amazonia.

Hasta el presente, los Shuar han impedido que la empresa petrolera “Burlington Oil Company” lleve a cabo perforaciones en aquella región. Igual han logrado impedir que las grandes compañías farmacéuticas tengan vía libre para depredar a la flora amazónica. Estas palabras de una mujer Shuar, refiriéndose a las eventuales perforaciones petroleras, sintetizan la cosmovisión de su antiquísimo y mal comprendido pueblo:

«Un hoyo en la madre Tierra mataría para siempre a muchos espíritus del Inframundo».

Image Hosted by ImageShack.us
Selva de la Amazonia, domicilio secular de los pueblos Aguaruna, Shuar, Jíbaros


MITO SHUAR ACERCA DEL DOMINIO HUMANO SOBRE EL FUEGO

Los ancestros Jíbaros no conocían el fuego, y acostumbraban tomar los alimentos manteniéndolos durante buen tiempo entre sus mandíbulas cerradas, para lograr entibiarlos. También aquellos antigus dejaban la comida en los claros de la selva para que el Dios Padre Sol, «Etsa» lo calentara con su divina alma ardiente.

En esos tiempos tan lejanos, los Jíbaros no tenían forma humana, sino que eran Pájaros, y sólo uno de ellos, de nombre Takea, conocía el secreto para producir fuego, frotando dos palos entre sí. Takea era envidioso. No quería que nadie más supíera hacer lumbres, y su alma temebrosa lo hacía estar al pendiente de los intentos que hacían los otros Jíbaros para robarle el fuego, así que en el momento en que escuchaba aleteos de Pájaros acercándose a su guarida, esperaba el momento justo para destrozar al ave intrusa, cercenándola con el filo de la puerta y el muro de su madriguera.

Image Hosted by ImageShack.us
Pájaro de Fuego

Sin embargo un día llega un minúsculo Pájaro-Mosquito y les propone a los demás Jíbaros una estratagema para hurtar a Takea el secreto del fuego. Todos consienten. El Pájaro-Mosquito moja sus pequeñas alas, y se pone a simular temblores de escalofrío cuando mira acercarse a la mujer de Takea. Esta siente compasión por el pajarillo y lo introduce a la casa, acercándolo al fuego. Como el Pájaro-Mosquito es demasiado pequeño para cargar uno de los troncos ardientes, finge todavía más su falsa enfermedad, y engaña a la mujer de Takea, quien lo coloca a la misma orilla de las chispeantes ramas. Entonces el Pájaro-Mosquito acerca las plumas de su cola a las lumbres, se le encienden y antes de otra situación, escapa rumbo al bosque.

En esa parte las “almas” de los árboles son ancianas, de manera que sus cortezas están llenas de rugosidades y están prestas a arder. Las chispas de sus plumas traseras queman, en efecto a unas ramas, y el ingenioso ladrón la toma con el pico para de inmediato dirigirse al escondite donde lo aguardaban sus secuaces. Les grita: «Ahora ya tenéis el Fuego. Tomadlo y llevádselo lejos de Takea. En adelante, no tendréis necesidad de calentar vuestros alientos debajo de los brazos y dentro de sus mandíbulas».

Takea mientras tanto reclama enfurecido a su mujer: «¿Por qué dejaste entrar a ese ladrón Pájaro-Mosquito? ¡El miserable nos ha robado nuestro fuego y ahora todo mundo podrá tenerlo! ¡Y tú mujer, tú eres la responsible de esta fechoría!».

Desde entonces, los Shuar son dueños del secreto del Fuego, y saben producirlo al frotar reciamente a dos trozos de madera de algodón, uno contra el otro.

Versión libre del relato registrado por Rafael Karsten, « Mitos de los indios jibaros (Shuara) del Oriente del Ecuador », Boletín de la Sociedad Equatoriana de Estudios Historicos Americanos, II (1919).

Otra variante en esta liga:
http://www.cab.int.co/cab8/index.php?option=com_content&task=view&id=526&Itemid=0


Uno de los Mitos constantes en todas las culturas humanas es que el Fuego y sus secretos pertenecían a los Dioses. Entonces un ser humano, o un ser antropomórfico como el Pájaro Mosquito de los Shuar, roba los misterios para producir lumbres.

Image Hosted by ImageShack.us
Pájaro cegado por el fuego de la Luna
Joan Miró

Estos Mitos son parte de esa capa profunda de las creencias-certezas humanas a las que Carl Gustav Jung denominó «Arquetipos».

Desde los insondables pozos del pasado humano, el mito de la domesticación del Fuego sigue pasmando nuestras imaginaciones

El Pájaro de Fuego - Finale
Igor Stravinsky