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La Coctelera

glorfindel

4 Abril 2008

El Mar... El Mar...

Un título muy poético de una novela de la escritora irlandesa Iris Murdoch (1919-1999).

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La trama es de una sencillez y al mismo tiempo, de una puesta en escena de obsesiones humanas. Charles Arrowby, director de teatro y dramaturgo retirado, se va a vivir a una casa junto al mar. En uno de sus paseos por el pueblo cercano, reconoce a la mujer que fue su primer amor. Rememora que hace años en sus encuentros amorosos se juraron la intemporalidad de su pasión; sin embargo, Molly desapareció sin explicación.

A lo largo de su vida, Arrowby trató de sublimar esa pérdida dolorosa inflingiendo dolores a las mujeres con las que se relacionaba. Siempre optaba por el abandono, así creyera que se había enamorado profundamente. La vista de Molly, le permitió cobrar conciencia de que su vida sentimental era un desquite contra la desaparición de esa mujer idealizada.

Arrowby la espía, la sigue, trata de hacerla su amante, aunque ella está casada con un papanatas. Arrowby tiene el arrojo de presentarse en la casa de la pareja y le dice al marido que Molly le pertenece a él, Arrowby. Tras distintas situaciones, en las que se presentan las queridas del dramaturgo y toman nota del apasionamiento de Arrowby por Molly, esta mujer vuelve a desaparecer.

El testigo de este renacimiento poderoso de la pasión es el mar. El océano al que Arrowby creyó liberador, pero que terminó siendo la personificación de sus hondas contradicciones, de sus profundas heridas nunca sanadas, de sus incapacidades para amar que rompían como olas entre peñascos, hiriendo a mujeres, a hombres, a cualquiera con quien tuviese alguna liga emocional.

Fiel reflejo de su autora, «El mar… El mar…» es espejo de sus arrebatadas pasiones. Iris Murdoch tuvo una vida sexual libre de prejucios, en la que hubo relaciones lésbicas, adúlteras, ocasionales. Además, la irlandesa tuvo un largo y torrencial romance con el Nobel Elias Canetti. «Me subyuga completamente», escribió Murdoch en uno de sus diarios. «Es un toro, un león, un ángel», añade en otro pasaje.

El mar es un motivo para expresar lo potente y lo hondo de nuestras pasiones. Igual hay huracanes, que períodos de clama chicha, o bien unas aguas marinas sumidas en borrascas, fuegos de San Telmo…, y seres tan inspiradores como las Ballenas.

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Ballena Azul

MOBY DICK

(Herman Melville)

CAPITULO PRIMERO

Espejismos

(FRAGMENTO)

«Llamadme Ismael. Hace algunos años, no importa exactamente cuántos, con poco o ningún dinero en la bolsa y sin nada de particular que me interesase en tierra, pensé que debía navegar un poco y ve la parte acuática del mundo. Es mi modo de librarme de los malos humores y de regular la circulación. Siempre que noto la boca torva, o que un noviembre húmedo y lluvioso se apodera de mi alma; siempre que, sin darme cuenta, me detengo ante los depósitos de los ataúdes y cierro la marcha de todos los funerales con los que me encuentro y, especialmente, siempre que la depresión se apodera de mí de manera que se requiere un fuerte principio moral para impedir que salga deliberadamente a la calle a derribar los sombreros de la gente, estimo que es hora de que me vaya al mar tan pronto como sea posible. Esto sustituye para mí a la pistola. Catón, con un florilegio filosófico, se lanza sobre su espada; yo me embarco tranquilamente. En esto no hay nada de sorprendente. Todos los hombres, en más o menos grado, en una ocasión o en otra, abrigan hacia el océano casi los mismos sentimientos que yo, aunque no se den cuenta.»

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No vale la pena repetir al detalle las aventuras de Ismael a bordo del desdichado ballenero “Pequod”, al mando del enloquecido capitán Ahab. Más bien se invita a la lectura de esta hermosa y compleja novela de Herman Melville. El tema sustancial es la rebelión del ser humano ante las fuerzas naturales que lo sobrepasan, que lo hunden en la conciencia de su pequeñez. La ballena blanca, Moby Dick, en su color albo quizá representa a la naturaleza pura, no domesticada por el hombre, y que lucha para conservar precisamente su puro estado natural. Es tanto el poder de la ambición humana para dominar a los entes naturales, que la locura de Ahab no tarda en ser compartida por el resto de la tripulación: hay algo de maléfico, de satánico, de blasfemo, en el pacto de sangre que hacen los marineros con su demente capitán, con tal de matar a la ballena blanca.

«…Voy hacia ti, ballena que todo lo destruyes, e inconquistable, lucho contigo hasta el final, desde el corazón del infierno te apuñalaré, de odio te escupo mi último aliento. ¡Que se hundan todos los ataúdes y todos los carros fúnebres en un lago común!¡Y puesto que ninguno puede ser mío, arrástrame hasta dejarme convertido en trozos, mientras todavía te persigo, aunque esté atado a ti, maldita ballena!»

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Cadáver de Ahab clavado en el lomo de Moby Dick

La escena termina cuando Moby Dick se dirige y embiste al «Pequod», destruyéndolo. El naúfrago Ismael salva la vida al aferrarse al ataúd (vacío) de Queequeg, mientras observa al cadáver de Ahab clavado en el lomo de la magnífica ballena blanca, que se aleja, circundada por una banda de pájaros que ofician himnos sobre la eterna potestad de la naturaleza.

El relato, la trama y el tema de esta novela, tienen como sustento histórico la cacería de ballenas. Esta actividad es el epítome, la realización por antonomasia de la relación del hombre con la naturaleza: se daba caza a estos cetáceos para aprovechar, al principio, su carne y después, sus aceites empleados en numerosos productos. En particular el llamado «semen» o aceite del cachalote, que durante siglos proveyó de luz artificial a ciertas civilizaciones. Esta cacería a gran escala diezmó gravemente la población de estas ballenas. Se las mataba sin conocerlas; sin que importara detenerse a saber sus rarezas, sus particularidades, sus hábitos.

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Foto de una "buena" cacería de ballenas

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Ballena Azul a punto de ser destazada

En la actualidad, apenas estamos en el cuarto decenio de la historia en la que se busca protegerlas y conocerlas.


Nuestro tercer planeta tendrá en su historia futura el registro de uno de los sonidos más bellos, el hermoso «canto de las ballenas». No sólo el viajero Odiseo tuvo que taparse los oídos para escapar del embrujo de cantos similares: quizá un rasgo que determine el grado de humanidad de una persona cualquiera, sea el grado de emociones y de inspiraciones producidos por las canciones de las ballenas.


En un documental de la National Geographic, Roger Payne, especula sobre una idea muy interesante: afirma que el canto de las ballenas es un misterio no menos misterioso que el canto humano. Dice que es muy difícil explicar por qué hacemos música los humanos y que eso habla sin dudas, de una herencia evolutiva muy anterior a la especie humana... y que explica muy bien por qué las ballenas y humanos nos sentimos fascinados recíprocamente en una corriente de curiosa empatía.

Documental de la National Geographic sobre el Canto de las Ballenas:

Sitio sobre cantos de ballenas:

http://www.whalesounds.com/home/index.html

A Betty

(Homero Aridjis)

Y Dios creó las grandes ballenas
allá en Laguna San Ignacio,
y cada criatura que se mueve
en los muslos sombreados del agua.

Y creó al delfín y al lobo marino,
a la garza azul y a la tortuga verde,
al pelícano blanco, al águila real
y al cormorán de doble cresta.

Y Dios dijo a las ballenas:
“Fructificad y multiplicaos
en actos de amor que sean
visibles desde la superficie

sólo por una burbuja,
por una aleta ladeada,
asida la hembra debajo
por el largo pene prensil;

que no hay mayor esplendor del gris
que cuando la luz lo platea.
Su respiración profunda
es una exhalación”.

Y Dios vio que era bueno
que las ballenas se amaran
y jugaran con sus crías
en la laguna mágica.

Y Dios dijo:
“Siete ballenas juntas
hacen una procesión.
Cien hacen un amanecer”.

Y las ballenas salieron
a atisbar a Dios entre
las estrías danzantes de las aguas.
Y Dios fue visto por el ojo de una ballena.

Y las ballenas llenaron
los mares de la tierra.
Y fue la tarde y la mañana
del quinto día.

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